
El caso de La Virgen de El Arenal ocurrió en la comarca que se conoce como El Guarumo, en las cercanías de la ciudad de San Marcos, Carazo. Ahí vivía una jovencita llamada Sofía de unos diecisiete años, estatura regular, menuda, morena y con unos ojos profundamente negros. Cuando Sofía pasaba por el sitio conocido como La Peña, sintió de pronto que una intensa luz provocó en su cuerpo un gran estremecimiento y cayó al suelo. Cuando volvió en sí, sintió un frío que le provocaba un fuerte temblor y se fue a toda prisa a su casa. Al llegar la vieron lívida como una sábana, temblando de pies a cabeza y con una alta fiebre.
Cuando Sofía pudo hablar, comentó que en La Peña sintió que una gran luz la envolvía y oyó una voz de mujer que le dijo: –«No temas. Tengo un mensaje para tu gente. Deben estar tranquilos porque el volcán no hará erupción. Quiero estar más cerca de tu gente. Te conocerán por otro nombre y te verán hacer grandes prodigios». La familia creyó que se trataba de algún ataque de nervios y que todo era producto de su imaginación. Mandaron a traer a la tía Aurora, madrina de Sofía y al escucharla, dijo: –«Es la virgen quien te ha hablado».
Sofía y su familia no se habían recuperado del shock cuando de pronto apareció en el patio de la casa una medalla con la imagen de Santa Catalina, sin precisar cuál, pues en el santoral hay más de una docena. Sofía tomó una decisión con gran determinación: –«A partir de hoy ya no me llamo Sofía, me llamo Catalina».

La noticia se fue regando, primero en la comunidad y seguía extendiéndose. Las visitas a la muchacha no se hicieron esperar y todos llegaron a testificar en que después de estar con ella y conversar brevemente, salían con una paz interior nunca antes experimentada y más de alguno dijo que había tenido alguna vieja dolencia, sintió que de pronto se calmaban sus padecimientos.
La novedad llegó a Masatepe. Algunos curiosos llegaron a El Arenal y a pesar de encontrar una fuerte resistencia para permitir el ingreso de los foráneos, al final Doña Aurora determinó que Catalina tendría que ser conocida por todos. Procedió a nombrar guardianes de la joven a dos muchachas y a un primo de Catalina llamado Juan. Solicitó que la vistieran toda de blanco y que en su tapesco recibiera a todos los que peregrinarían hacia aquel lugar. Y así fue como la muchacha, vestida con un traje blanco de primera comunión arreglado para ella, un velo que cubría su rostro y velas alumbrando la penumbra del lugar, se enfrentó al mundo. Todos comenzaron a llamarla La Virgen del Arenal.
Los peregrinos comenzaron a llegar a El Arenal, al salir, todos sentían un extrema paz en su interior y un niño de 7 años que acompañaba a un grupo, que nunca había pronunciado palabra alguna en su vida, en el camino de regreso comenzó a hablar como la calavera de San Basilio. Los padres del niño, al llegar a Masatepe fueron a la Iglesia de San Juan, en donde expusieron el caso al párroco, se quedó anonadado y con toda la prudencia solicitó calma. Otros curiosos se dirigieron al diario La Noticia y comentaron lo ocurrido.

Al día siguiente, el párroco partió hacia El Arenal. Al presentarse en la casa de Catalina el cura solicitó a la muchacha que le contara lo sucedido en La Peña y ella le repitió todo, además del episodio de la medalla. Con un rostro circunspecto, el párroco le expresó que toda la aparición de la Virgen María debía ser aprobada por la Iglesia Católica. El cura le manifestó que mientras la Iglesia analizaba a fondo el caso, debía ella dejar de recibir visitas o relatar su visión. Nadie le hizo caso.
El párroco se fue a Managua y se dirigió al Palacio Arzobispal. Solicitó hablar con el Arzobispo, pero Monseñor Antonio Lezcano y Ortega, pero estaba resfriado y lo recibió Monseñor Alejandro González y Robleto, Obispo Auxiliar Coadjutor de Managua, quien le mostró la edición de La Noticia en donde se resaltaba la aparición de la Virgen María en El Arenal y le dijo que había que negar esa patraña. Luego, en sus sermones dominicales desde el púlpito el párroco dejó muy claro que existían falsos profetas y podían estar presentes las Fuerzas del Mal.
No se sabe si por la difusión en la prensa nacional o por llevarle la contra a la posición de la iglesia, lo cierto es que el flujo de peregrinos hacia El Arenal fue creciendo considerablemente. Catalina empezó a recibir “milagros” o ex votos, en metal o en oro, con figuras alusivas al favor recibido y de pronto alguien inició con las limosnas y poco a poco fueron incrementándose significativamente. Doña Aurora dispuso que se pusiera un cofre de madera junto a Catalina para que ahí se colocaran las ofrendas en metálico.

La Iglesia Católica sordamente comenzó a atacar a la Virgen del Arenal, pero todo fue inútil, las peregrinaciones y las ofrendas seguían aumentando. Monseñor Gonzalez y Robleto fue a visitar a Catalina, sin consecuencias. En su viaje de regreso a Managua, pasó por el hogar de las Hijas de María Auxiliadora y escuchó de boca de las religiosas una noticia mucho más inquietante. Aprovechando que una novicia era originaria de El Arenal, las hermanas la enviaron para infiltrarse y mantenerlas informadas de todo lo que ocurría con la Virgen del Arenal y en el último reporte se observaba que aparentemente había algo entre la Virgen del Arenal que se hacía llamar Catalina y su primo Juan, que era su guardián. El prelado se puso imaginar los más intrincados sucesos y uno de ellos desembocaba en una muchacha que todo Nicaragua conocía como la Virgen de El Arenal, embarazada sin estar desposada con nadie.
Ya en Managua, Monseñor González y Robleto solicitó una reunión urgente con Monseñor Lezcano y Ortega y el recién nombrado nuncio apostólico para Nicaragua y Honduras, Monseñor Liberato Tosti. Ante las dos máximas autoridades eclesiásticas, Monseñor González y Robleto detalló el resultado de su visita y los tres llegaron a la conclusión de que era menester detener de manera definitiva lo que ocurría en El Arenal, sin embargo, la Santa Iglesia Católica no debía aparecer involucrada en ninguna acción al respecto y como por inspiración del Espíritu Santo surgió al unísono un nombre: Anastasio Somoza García.

El nuncio Liberato Tosti fue a la oficina del general Somoza García, y éste lo recibió con una amplia sonrisa y le besó el anillo episcopal. El nuncio entró en materia. Le que se escuchaba de una muchacha que aparentemente había perdido la razón, decía que la Virgen se le había aparecido y que le manifestaba mensajes para el pueblo, incluyendo vaticinios sobre el futuro y que había llegado al colmo de predecir que el general fallecería antes de que finalizara el año.
Somoza lanzó una sonora carcajada –«Desde luego, la iglesia católica no le da el menor crédito a esas patrañas –dijo Tosti y agregó– No obstante, el pueblo es muy susceptible ante esos desvaríos y podría crearse un clima, no muy favorable, para la tranquilidad que requiere Nicaragua –antes que Somoza pudiera intervenir, Tosti enfatizó– La iglesia católica, a todos los niveles ha exigido a esta muchacha que desista en su afán de inquietar al pueblo, sin embargo, nuestros esfuerzos han sido en vano». Somoza, con un tono de extrema tranquilidad le dijo: –«No se preocupe, Monseñor, yo me encargaré de eso». Tosti comprendió que su misión estaba cumplida y le extendió la mano a Somoza, y el edecán lo condujo hasta la entrada principal de la fortaleza de La Curva.
Somoza pidió que lo comunicaran con el Director del Hospital de Enfermos Mentales a quien le explicó la situación y le ordenó que interviniera. Inmediatamente después, llamó a un capitán de su confianza y le ordenó que con un contingente de Guardia Nacionales sacaran a la muchacha de su casa y la llevaran al manicomio.

El capitán dio instrucciones para que los más fuertes se hicieran cargo de levantar a la menuda muchacha, pero no lograron elevarla ni siquiera un centímetro. El capitán ordenó calar bayonetas. Al ver esto, la tía Aurora detuvo al capitán y se inclinó y le pidió a Catalina que no opusiera resistencia, que la Virgen siempre estaría con ella y la cuidaría. Entonces los soldados volvieron a tratar de levantarla y esta vez la sintieron como una pluma al colocarla en la camilla y fue así que amenazando con sus fusiles el contingente salió rumbo a Managua y la entregaron en el Hospital de Enfermos Mentales. Dos enfermeros trasladaron en camilla a Catalina a una habitación. El médico le practicó un examen somero. En ese tiempo, estaba de moda la administración del electroshock, el choque por hipoglucemia a través de insulina y la aplicación de Cardiazol.
Nadie supo a ciencia cierta los atropellos y vejaciones que sufrió Catalina en el manicomio. Una tarde un enfermero la encontró muerta. El director del manicomio llamó a Somoza, de donde recibió instrucciones. En la madrugada siguiente, dos ayudantes subieron a un carretón de caballo a Catalina, llegaron hasta la costa del lago Xolotlán en donde abandonaron el cuerpo de la Virgen del Arenal.
Al rayar el sol, unos pescadores encontraron el cuerpo abandonado. Al ver que no había señales de descomposición uno de ellos le tocó el cuello, encontrando que la piel estaba tibia. Se inclinó para escuchar si el corazón estaba latiendo y sorprendentemente al contacto con el pecho de la muchacha, esta abrió los ojos. El otro pescador comenzó a gritar: –«Está viva, está viva».
La Virgen del Arenal regresó a su casa. Y con más discreción continuaron llegando los peregrinos y las ofrendas. Después de unas semanas, algunos peregrinos comenzaron a ver que el vientre de Catalina estaba aumentando de volumen. A los meses el embarazo fue evidente.

Catalina vivió 51 años con su primo Juan y tuvieron seis hijos, y fueron bautizados como Pedro, Juan, Ana Julia, Bismark, Remigio y Epifanía.
En diciembre de 2003 Catalina enfermó gravemente, tenía 72 años. El 8 de diciembre de 2003, Catalina sintió nuevamente que la luz que había sentido en La Peña la envolvió nuevamente, esta vez para llevársela para siempre.

