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Visita de Rubén Darío en Córdoba, Argentina

by len2020
19 de mayo de 2026
in Estrella, Libex
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Rubén Darío siendo presidente del Ateneo de Buenos Aires fue enviado por el diario La Nación como corresponsal para cubrir las fiestas patronales de la ciudad de Córdoba, Argentina a finales de septiembre del año 1896. Para entonces procedían de Córdoba algunos autores significativos del modernismo argentino, entre ellos: Carlos Romagosa y Leopoldo Lugones.

La acogida que le hicieron a Darío en dicha ciudad, fue tan notable que el poeta extendería su viaje hasta finales de octubre. Tanto el Ateneo cordobés como el Club Social organizaron tertulias y recepciones en su honor.

Para esos días de octubre Darío firmó su prólogo para su primera edición de Los raros que se estaba encuadernando ya en Buenos Aires.

El 15 de octubre sus amigos: Romagosa, Ceballos, Lazcano Colodrero y otros, organizaron una velada en su homenaje ante el Ateneo de Córdoba. A Darío lo sentaron a la derecha del vicepresidente don Cornelio Moya Gacitúa. En nombre de los ateneístas el doctor Juan M. Garro hizo un discurso honrando a Darío con nobles palabras reconociéndole como a un hermano de su sangre: «en esperanzas, anhelos y sentimientos». Le seguiría Darío alabando a la Docta Córdoba universitaria, el hogar del pensamiento argentino con estas palabras: «El arcángel Gabriel de la poesía de Italia, saluda a su hermano en arte Francisco de Paula Michetti, con este título: “¡O! Cenobiarca!” Vosotros alegráis mi cenobio artista, con vuestras nobles flores. Yo las recojo y me encamino a volcarlas en el ara de la Dea. […] Ante ella, princesa de Dios, deposito todas las flores que mis manos alcanzan a recoger, o a cortar. […] En cuanto a mi, señor vicepresidente del Ateneo, no soy más que un misionero de esas ideas, un mínimo mensajero de esos ideales. […] Hoy el doctor Garro en el Ateneo de Córdoba, aumenta mi gratitud y mi afecto por la intelectualidad argentina».

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«¡Jungamos dextra!».

A continuación, Romagosa, hace un recuento del movimiento literario del Ateneo; exalta a Lugones, se escuchan los aplausos y después pasa Rubén a leer su poema dedicado a Fray Mamerto Esquiú (obispo argentino que fue beatificado en 2021 por el papa Francisco): «Un báculo que era como un tallo de lirios; / una vida en cilicios y adorables martirios; / un blanco horror de Belcebú; / un salterio celeste de vírgenes y santos; / un cáliz de virtudes y una copa de cantos; / Tal era fray Mamerto Esquiú».

La voz de Darío se escuchó bellísima en la provincia de Córdoba, Argentina entre los acordes y voces telúricas de arpas melodiosas donde su cabellera voló al aire con dones prodigiosos e iluminados. Esta ciudad universitaria, donde aún persiste el corazón del pensamiento argentino, llamada por esto la Docta, cautivaría a Rubén Darío al instante, trasladándole por el aire y espacio hasta su terruño Nicaragua.

«Córdoba, ilustre de antiguo», diría además Darío en otro artículo del 3 de octubre de 1896. La vida allí para entonces era apacible nos dice: «de pocas chimeneas y muchas oraciones». La capital cordobesa, ciudad de iglesias, templos y campanarios, cuyos tañidos cantaban en latín; religiosa y universitaria; lugar donde se sentía la herencia española, conservaba aún los dejes de la aristocracia de España. Su gente amable, la ciudad digna y gentilicia, donde se sentía un soplo de nobleza sin: «encumbramientos ni afeites arquitecturales».

En Córdoba el alma del poeta se llenó de paz y esta fue una: «paz amable». Rebuscó allí comparaciones para sus memorias. En Córdoba, tuvo alegrías y encontró ese rayo de luz incrustado en su prodigiosa memoria donde sintió los mismos ecos y los olores fragantes de su tierra. Recordó a su Patria, Nicaragua cuya moneda lleva el mismo nombre, a la tierra de su nacimiento, esa vieja Metapa llamada hoy Ciudad Darío, pero sobretodo con el sonar de los viejos campanarios recordaría a la ciudad donde fue de su engendro e infancia, donde en su discurso y llegada aquel año de 1907, diría: «Yo sé lo que debo á la tierra de mi infancia y a la ciudad de mi primera juventud: no creáis que mis agitaciones de París, que en mis noches de Madrid, que en mis tardes de Roma, que en mis crepúsculos de Palma de Mallorca, no he tenido pensares como estos: un sonar de viejas campanas de nuestra catedral». Luego dirigió su mirada hacia Santiago, la capital chilena donde hizo su primer debut poético con su poemario Azul… Hizo un recorrido mental por la América Central, se detuvo por un instante en Guatemala, el lugar de su casamiento eclesiástico con la poetisa Rafaela Contreras, donde además vivió y trabajó.

En Córdoba también, como corresponsal de La Nación, husmeó la política, sin dar muchas explicaciones, ya que no era su perfume preferido, pero sí describió a una sociedad seria y sólida y a una juventud que buscaba su vía, sin ignorar su pasado, que meditaba con vigorosos estudios universitarios. «Córdoba tiene la ilustre virtud del orgullo justo», nos dijo, ciudad hermosa y elegante, rejuvenecida con sus arboledas verdes, y sobre todo la recuerda por sus moradores, quienes atendían las puestas de sol deslumbrantes del poniente, cuyos rayos solares y luminosos se resentían a la llegada de la oscuridad nocturna.

Los ocasos tenues de los atardeceres de León junto a sus matutinos amaneceres diamantinos, aunados a los sonidos de los campanarios de sus iglesias en ambas ciudades llenaron a nuestro poeta de recuerdos y nostalgias estando en ese Córdoba argentino.

Existe un paralelismo entre las ciudades de León Santiago de los Caballeros de Nicaragua y Córdoba, capital de la provincia argentina, ya que ambas metrópolis comparten una visión de unidad cultural hispanoamericana, basada en una misma herencia lingüística, religiosa e histórica. Córdoba fue fundada por el sevillano español Jerónimo Luis de Cabrera en el año 1573. León Santiago de los Caballeros fue fundada por el Capitán Francisco Hernández de Córdoba en el año de 1524, asociaciones que estarían presentes, cuando Darío hizo su visita.

Ambas tienen un centro histórico turístico y colonial combinados con una vida universitaria y poseen joyas arquitectónicas como la Manzana Jesuítica, declarada Patrimonio de la Humanidad en Córdoba y la Real Basílica Catedral de la Asunción de León declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Tanto Córdoba como León, Nicaragua tienen la misma herencia histórica, religiosa y educativa. Córdoba como centro del pensamiento argentino es llamada la Docta o «ciudad de los campanarios».

Los paralelos entre Córdoba y León vendrían a explicar la profunda identificación emocional de Rubén Darío con la ciudad argentina y al mismo tiempo vendrían a reforzar la unión, al tener en común la misma concepción de una América hispánica unida por la tradición cultural, intelectual y religiosa.

Después de lo expuesto arriba, vale la pena mencionar un dato histórico narrado por Edelberto Torres en: La dramática vida de Rubén Darío, sobre la presencia de un académico de esos que nunca faltan: Rodríguez del Busto, quien inconforme por el homenaje dedicado a Darío ante el Ateneo, aquel 15 de octubre, asombró a la concurrencia oponiéndose a «los que han tomado la desastrosa resolución que yo combato de darle inmerecidos honores a Darío», renunciando ante el Ateneo con estas palabras: –«Yo quiero salir del manicomio donde se llama blanco al horror; […]», en referencia a la estrofa de Rubén dedicada al fraile Esquiú.

Los fieles amigos del poeta, sin embargo, no se contagiaron ni le dejaron solo. Es por esto, que Rubén Darío dedicaría en agradecimiento un soneto histórico a su amigo Carlos Romagosa, narrando estos sucesos para la posteridad: –«Entre la barbarie que las garras saca, / cuando ve el reflejo de sedas fulgentes; / entre el que decora, desluce y ataca, / eriza las cerdas y muestra los dientes / […] suele haber un cisne o un águila bella / o un lirio o un trueno o una blanca estrella, / o un iris que muda la nube que mata; / o una espada de oro o un casco de plata, / o una rosa pura o una noble rosa, / ¡todo como tu alma, Carlos Romagosa!». (Rubén Darío).

Esta linda capital de la provincia de Córdoba, en Argentina, fue un lugar de resonancia simbólica para Darío donde se reactivaron sus memorias dentro de una conciencia estética, que permitió integrar sus experiencias personales dentro de un proyecto histórico, cultural y continental.

Josefina Haydée Argüello
Máster en literatura española.

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