Agustín Vijil, el sacerdote granadino que apoyó inicialmente a William Walker y terminó marcado por la controversia política de su tiempo.

¡CURA FACCIOSO! llamó don Fruto Chamorro a don Agustín Vijil, ilustre granadino que a sus 33 años siendo abogado y ya nacido su hijo Miguel decidió por consejo materno seguir la carrera eclesiástica. Como dominaba el latín y conocía el derecho canónico, dos años después concluía sus estudios en Cartagena de Indias.
De regreso, comenzó a ejercer el sacerdocio. Fue cura de Masaya durante cinco años y luego de Granada, adquiriendo fama por sus elocuentes sermones. En 1854 trató de impedir el fusilamiento, ordenado por Chamorro, de unos soldados hondureños al servicio de la causa democrática. También, con el padre Alcaine comisionado del gobierno salvadoreño, se empeñó a reconciliar a los partidos en pugna. Fracasaría en ambas acciones.

Pronto advirtió en William Walker, aliado con los democráticos leoneses, una figura providencial para terminar con nuestras endémicas guerras inciviles. Así, tres meses antes que el filibustero estadounidense tomase Granada el 13 de octubre de 1955, expresó: «Si estuviese ordenado en los decretos de la Eterna Justicia de Dios que Nicaragua pase a una dominación extraña, como lo hizo con su amado Israel en castigo de sus culpas, no tenemos más que conformarnos, ni otro recurso que el de Israel cautivo, llorando amargamente en las márgenes de los ríos de Babilonia».

Esta convicción explica que, al siguiente día de aquella toma, el cura Vijil haya declarado a Walker «iris de concordia, como el ángel tutelar de la paz y estrella del norte de las aspiraciones de un pueblo atribulado». Partidario del gobierno implantado por el mismo Walker, que presidía nominalmente don Patricio Rivas, viajó a Washington como enviado extraordinario y plenipotenciario con el fin de obtener el reconocimiento del presidente Franklin Pierce. El 15 de mayo de 1856 lo otorgó el secretario de estado Mr. William L. Marcy. Mas Vijil pidió regresar de inmediato ante la protesta dos días después de don José de Marcoleta, ex embajador del extinto gobierno de Chamorro; las burlas que le hicieron diplomáticos latinoamericanos y las críticas acervas de la prensa. Una fue la siguiente:
«El enviado de Walker es hoy la persona más festejada en Washington. Por suerte suyo, se dice que no entiende una palabra en inglés, así se evitará de oír y de leer los comentarios que se hacen de su persona… Lo peor del padre es su desafortunado apellido, pues los chuscos le llaman Vijil ante de Nicaragua… Él es un hombre alto y fuerte, de refinados modales, de levita larga, calzones cortos, medias negras y zapatos con hebillas de plata… Cubre su pelo bajo una especie de gorro gacho color café».
Los hechos condujeron a la espuria presidencia de Walker. Entonces Vijil lamentaría, en carta a su hijo del 19 de julio de 1856, las desgracias del país sometido al filibusterismo esclavista: «en nuestra infeliz Nicaragua se desconoce esta palabra que encierra cuanto obliga al ciudadano: Patria. Pero no hay remedio. Todo esfuerzo por desviar la hoz de la muerte y la ruina de esta afligida tierra ha sido vano. Aceptemos, pues, los decretos de la Providencia».
Tras previa solicitud, el 13 de octubre del 56, Vijil recibió de Walker pasaporte para refugiarse en Cartagena de Indias, adonde llegó en diciembre. Dos años vivió de nuevo en Colombia, a cargo del curato de Bosá; y en abril del 59 retornaría a Nicaragua. Aquí el presidente Tomás Martínez, argumentando su adhesión a Walker, impidió que fuese nombrado cura de Granada primero y de Matagalpa después, terminando repercutido en Teustepe. En 1861 Martínez, de visita a ese humilde pueblo, fue impresionado por la agudeza y el saber de Vijil. Cinco años después estaban completos los trámites canónicos para ser nombrado cura en propiedad de Teustepe. Allí, adorado por sus feligreses, quedaron sepultados sus despojos el 6 de junio de 1867.
Que el lector juzgue si, en realidad, nuestro biografiado merece el cognomento de cura filibustero. Walker lo consideró un gran aliado cuando se refirió al sermón de Vijil en la Parroquia de Granada a las ocho de la mañana exhortando a la paz y a la moderación: «Nadie podía objetar los sentimientos por el buen padre, y el efecto producido por su sermón fue excelente y decisivo. Su labor en favor de la paz no se limitó al pulpito; fue un ardiente colaborador de Walker en la tarea de celebrar entre los partidos un convenio capaz de poner término a la guerra civil, y su conocimiento profundo de los hombres y las cosas, por haber servido durante largo tiempo el curato de Granada, dio valor a sus consejos en las negociaciones entabladas a raíz de la jornada del 13 de octubre [de 1855]».
Pero Anselmo H. Rivas, su adversario político, redactó este juicio: «Fue el señor Vijil, desde muy joven, liberal; y en todas las convulsiones políticas, la causa liberal tenía en él, si no un firme sustentáculo, un simpatizador más o menos vehemente. Este carácter, sumado a su investidura sacerdotal, le otorgaba autoridad en el bando democrático. Ello le permitió derramar a manos llenas los abundantes tesoros de su bondadoso corazón».

